25.6.09

Des-fragmentación

No hay peor sensación que la de estar obligado a vivir una vida fragmentada. Una vida compuesta por pedazos huecos que solos no significan nada, pero que juntos significan nada... nada más uno. Y sé que no es fácil entender algunas ideas si se le agregan números, pero en este caso es necesario. Eso me recordó que, en mi interior, odio el afán del ser humano por clasificar numéricamente fenómenos que no son ni medianamente cuantificables. Supongo que de ahí nació mi antagonismo con los números.
Volviendo a los fragmentos, puedo agregar que la norma impuesta de la división de escenarios, ejemplificada en el yo-trabajo, yo-estudio, yo-miembro de mi familia, yo-en mi casa, yo-en la micro, me parece pésima. Es una obligación social, un empujón de suave daño, un escupo en los dientes que actúa en desmedro de la identidad. Dichas fragmentaciones terminan formando un laberinto donde uno ya no sabe cuál de todas las facetas es la propia. Ni siquiera los espejos ayudan a dilucidar esa duda, ya que la imagen que devuelven depende de la hora del día en que nos coloquemos frente a ellos.
La guerra que ahora lucho, en conclusión, es contra esa fragmentación. Invito entonces a los ociosos y a los eruditos a pensar en ello.
¿A quién no le molesta tener que ser alguien en un lugar, y otro en otro?

17.6.09

Belleza Latinoamericana

Hoy en la mañana, cuando saqué la basura, vi una bolsa dar vueltas en el aire y recordé una escena de Belleza Americana. Me acordé precisamente de esa parte en que el vecino psicópata le mostraba el video de la súper bolsa existencialista a su polola, mientras le decía que a veces había tanta belleza en el mundo que no se sentía capaz de soportarla.
Una o dos veces me he sentido como él. Al borde de llorar por emoción, sintiendo las entrañas en el cuello y queriendo que aquella sensación (des)agradable se quedase conmigo para siempre. Pero cuando recordé la escena estaba lejos de eso, sintiendo como único impulso el deseo de dejar la basura en el tambor porque el olor ya me estaba matando.
Esperé por un minuto (en realidad por varios) que aquella bolsa blanca llena de migas de pan me dijera algo. Podía ser cualquier cosa, incluso una frase prefabricada o algún garabato. Sin embargo, la bolsa cayó. Odié al viento por unos segundos, dejé el tambor de la basura en su lugar y cerré la puerta de calle. Tal vez si hubiera tenido una grabadora las cosas hubiesen sido distintas.

5.6.09

Aseo

Cerré las compuertas del castillo. Dentro de él sólo quedaron un par de gárgolas que venían cuando lo compré, y el laberinto de arbusto que jamás he regado.
Una de las principales motivaciones que me llevaron a comprarlo fue la presencia de dicho laberinto. Majestuoso en forma, compuesto por miles de caminos que desembocan en otro y no terminan a menos que se haga la combinación perfecta, cosa que nunca he podido lograr.
Ahora está seco, y basta con pararse en una silla para ver su centro. Sin duda es una vista desoladora, pues entre las hojas amarillas y los esqueletos de quienes murieron en la arriesgada travesía hacia el centro, se puede ver una mesa de madera que en su cubierta tiene una hoja en blanco junto a un lápiz.
A veces paseo por sus alrededores como excusa para evitar sacudir los viejos muebles del castillo. El silencio que envuelve los restos de lo que alguna vez fue un laberinto me relaja. Pero, lamentablemente, eso es temporal. Sé que tarde o temprano tendré que entrar al castillo, hacer aseo, y llenarlo de adornos baratos y de mal gusto. O idealmente, podría tomar la hoja y el papel, y ponerme a regar.

3.6.09

An occasional dream

Cuando compré mi boleto especifiqué que quería irme al lado de la ventana. No hay nada peor que viajar mirando el pasillo, lleno de señores roncando y niños que no se quedan tranquilos. Mirar por la ventana, en cambio, es una invitación a formar parte del viaje.
Antes de partir me abrigué lo más que pude. Era invierno, y preferí evitar resfriarme, sobre todo con eso de la gripe humana dando vueltas.
Me puse los audífonos mientras miraba por la ventana, permitiéndole a Bowie hacerme parte de su odisea espacial, y comencé el clásico divagar de quien no se explica el porqué. Al mismo tiempo, iban pidiéndonos los nombres y teléfonos de referencia para que, en caso de algún accidente, pudieran informarle a nuestros familiares que estábamos muertos. Y no sé por qué, pero en vez de dar mi teléfono inventé uno. Supongo que quise desenmarcarme un poco de mi historia.
El viaje me hizo darme cuenta de que me había vuelto un caballero errante, cuyas cavilaciones no pesaban más que una pluma y cuyo destino era un gran signo de pregunta.
Cuando tomé la decisión de viajar compré el boleto más barato, sin importar para dónde fuera, ni cuántas horas estaría arriba del bus.
Me tomó veinte horas llegar a mi destino. Lo primero que hice fue poner los pies en la alfombra y cerrar la ventana. Despertar tan de golpe siempre me ha puesto de mal humor.

30.5.09

De-forme

Se tomaban las manos y hacían rondas alrededor de los árboles. Cada uno tenía una deformidad distinta. Estos tres eran los hijos bastardos de la evolución.
Mientras giraban se apretaban las manos, dejando fluir a través de ellas el calor de la fraternidad, ese bien que tanto les hacía falta.
Dicha actividad era un ritual de todos los días, que duraba hasta que el cansancio los tomaba prisioneros. Cuando eso ocurría, pasaban al círculo de conversación, y era ahí cuando compartían las astillas que perforaban sus pieles.
Sacárselas por unos segundos suponía un sacrificio enorme. La herida quedaba al aire, a la vista de todos, y el riesgo de desangrarse por ella era alto. Los tres amigos deformes atribuían eso al precio de la confianza, y la verdad es que aquello no les producía más que un profundo bienestar, y un leve mareo que minutos después olvidaban.
Así era su vida, enterrada y olvidada dentro de un bosque. Lo que ellos no sabían era que había deformes caminando en las urbes del mundo, tapando sus cuernos con sombreros, y sus astillas con cremas hidratantes.

22.5.09

Show

Aplausos. Más aplausos. El ruido inunda el salón con una violencia que revienta tímpanos. Los aplausos cesan, y las manos se van a las orejas. Ya no es un show del escenario hacia los espectadores, sino de los espectadores hacia el escenario.
Moraleja: aplaude, pero no más de lo necesario.

10.5.09

Cemento

Un niño tenía la costumbre de salir a caminar por su barrio, mientras la música le perforaba los oídos y los pensamientos le abultaban el cerebro. Sentía que su conexión con el mundo era más profunda de ese modo, o quizás prefería pensarlo de esa forma para evitar enfrentar el motivo real. Cuando lo hacía, miraba el piso y buscaba en él cualquier cosa, podía ser una moneda o una cajetilla de belmont light vacía, lo que fuera con tal de desviar su atención. La costumbre de no pisar la línea del asfalto lo había aburrido, muchos de sus compañeros comentaban sobre eso, como si fuese una manera absurda de llamar la atención. Lo que él quería no era eso, al contrario. Buscaba en sus salidas un oasis mental donde ordenar sus ideas, ya que el peso de la presión que lo circundaba en su día a día no le permitía tal nivel de concentración. Quería pararse frente a su espejo algún día, con la rigidez de quien está seguro de todos los aspectos de sí mismo, sin dudas sobre el laberinto interno que todavía no lograba superar, y aceptarse. No se atrevía a aprender de las personas, le parecían crueles en sus modos, además sabía, como todos, que comentar cualquier tipo de debilidad era un riesgo alto; la gente que andaba en busca de defectos para tapar los propios abundaba. No deseaba tomar ni un mínimo de riesgo, al menos no antes de pararse frente a aquel espejo que proyectaría esa imagen que él tanto deseaba analizar.
Un día el niño, mientras caminaba, creyó tropezarse. Cuando se paró del suelo escuchó que alguien le dijo "no te movai', hueón". Con dicha frase su oasis terminó por desaparecer. Aquel hombre que lo botó le quitó su música, y con ella la esperanza de llegar frente al espejo. Días después, con el shock ya superado, decidió buscar refugio en los estudios. Le dedicaba horas a dicha actividad, tantas como le fueran permitidas. El tiempo pasó, y con él llegaron cosas nuevas. Un día, estando ya grande, casi al superar su adolescencia, decidió estudiar medicina. Por fin logró forjar un sueño, y finalmente lo consiguió.
El niño creció, y ahora vive en una casona perdida en la comuna-ciudad de Las Condes. Su vida está reducida al trabajo y al deseo de llevar cada vez más plata al banco, pero de vez en cuando, cuando escucha música y las notas se deslizan por su oído, puede ver los vestigios de su oasis. Cuando lo hace se dice a sí mismo que nunca es tarde... Sin embargo, siempre llega temprano al trabajo.
 

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